domingo, 23 de diciembre de 2012

Para el Hombre que odiaba la Navidad... / For The Man Who Hated Christmas


Tenemos una historia que contarte...

We have a story to tell...
(Please read this story below the Spanish story)

Para el Hombre que Odiaba la Navidad

Es sólo un pequeño sobre blanco atrapado entre las ramas de nuestro árbol de Navidad. Sin nombre, sin identificación, sin inscripción. Se ha asomado entre las ramas de nuestro árbol durante los últimos diez años más o menos.

Todo empezó porque mi marido Mike odiaba la Navidad - ¡Oh!, no el verdadero significado de la Navidad, sino los aspectos comerciales de la misma - gastos excesivos- ... la prisa frenética de las compras de última hora, comprarle una corbata al tío Harry y el polvo facial para la abuela - los regalos dados en la desesperación porque no pudiste pensar en otra cosa.

A sabiendas de que él se sentía así, decidí un año  pasar por alto las habituales camisetas, suéteres, corbatas y demás. Busqué algo especial para Mike. La inspiración vino de una manera inusual.

Nuestro hijo Kevin, que tenía 12 años ese año, estaba en el equipo de luchas en la categoría junior de la escuela a la que asistía, y poco antes de Navidad, había un partido fuera de la liga contra un equipo patrocinado por una iglesia del centro de la ciudad. Estos jóvenes, vestidos con tenis tan rotos que parecía que los cordones eran la única cosa que los mantenía juntos, presentaban un agudo contraste con nuestros muchachos en sus increíbles uniformes azul y oro y brillantes zapatos de lucha nuevos. Cuando el partido comenzó, me alarmé al ver que el otro equipo estaba luchando sin casco, una especie de casco ligero diseñado para proteger los oídos de un luchador.

Era un lujo que el equipo de los otros pobres, obviamente, no se podía permitir. Bueno, terminamos dándoles una paliza. Ganamos cada categoría de cada peso. Y cada vez que uno de los chicos se levantaba de la lona, ​​se ufanaba en sus andrajos frente a todos con arrogancia, mostrando una especie de orgullo callejero incapaz de reconocer la derrota.

Mike, sentado junto a mí, sacudió la cabeza con tristeza: "Ojalá hubiera ganado aunque fuera uno solo de ellos", dijo. "Ellos tienen un gran potencial, pero perder de esta manera podría quitarles el entusiasmo." Mike amaba los niños - a todos los niños - y los conocía pues había entrenado a las ligas pequeñas de fútbol, ​​béisbol y lacrosse. Fue entonces cuando la idea de su regalo llegó. Por la tarde, fui a una tienda de artículos deportivos y compré un surtido de cascos y tenis de lucha libre y los envié anónimamente a la iglesia del centro de la ciudad. El día de Nochebuena puse el sobre en el árbol, la nota dentro le decía a Mike lo que había hecho y que era su regalo de mi parte. Su sonrisa fue la cosa más brillante de la Navidad de ese año y en años sucesivos.

En cada Navidad, seguí la tradición - un año enviando a un grupo de jóvenes con discapacidad mental a un partido de hockey, otro año un cheque a un par de hermanos de edad avanzada cuya casa se había quemado hasta los cimientos la semana antes de Navidad, y así sucesivamente.

El sobre se convirtió en lo más destacado de nuestra Navidad. Siempre era lo último que se abría en la mañana de Navidad y nuestros hijos, haciendo caso omiso de sus  juguetes nuevos, estaban parados con los ojos muy abiertos esperando que su padre cogiera el sobre del árbol para revelar su contenido.

A medida que los niños crecían, los juguetes dieron paso a regalos más prácticos, pero el sobre nunca perdió su atractivo. Pero la historia no termina ahí.

Verás, perdimos a Mike el año pasado debido un temido cáncer. Cuando la Navidad llegó, yo todavía estaba tan absorta en el dolor que apenas pude poner el árbol. Pero la víspera de Navidad me encontré depositando un sobre en el pino, y por la mañana, se unieron tres más.

Cada uno de nuestros hijos, a escondidas de los demás, había depositado su sobre en el árbol para su padre. La tradición ha ido creciendo y algún día se ampliará aún más con nuestros nietos esperando bajar el sobre del árbol.

El Espíritu de Mike, al igual que el Espíritu de la Navidad siempre estará con nosotros.

Nancy W. Gavin

Esta historia de la vida real fue publicada originalmente el 14 de diciembre 1982 en la revista Woman's Day. Fue la ganadora entre miles, del primer lugar del concurso "Mi tradición más conmovedora de la Navidad" de la revista, un concurso en el que a los lectores se les pide que compartan su tradición navideña favorita y la historia detrás de ella. La historia inspiró a una familia de Atlanta, Georgia para iniciar “El Proyecto del Sobre Blanco y Dar 101”, una organización sin fines de lucro dedicada a educar a los jóvenes acerca de la importancia de dar.

Publicada originalmente en Internet en Insight Of The Day de Bob Proctor

Adaptación al Español: Graciela Sepúlveda y Andrés Bermea
 
Here the English version…

For The Man Who Hated Christmas

It’s just a small, white envelope stuck among the branches of our Christmas tree. No name, no identification, no inscription. It has peeked through the branches of our tree for the past ten years or so.

It all began because my husband Mike hated Christmas -oh, not the true meaning of Christmas, but the commercial aspects of it- overspending... the frantic running around at the last minute to get a tie for Uncle Harry and the dusting powder for Grandma - the gifts given in desperation because you couldn’t think of anything else.

Knowing he felt this way, I decided one year to bypass the usual shirts, sweaters, ties and so forth. I reached for something special just for Mike. The inspiration came in an unusual way.

Our son Kevin, who was 12 that year, was wrestling at the junior level at the school he attended; and shortly before Christmas, there was a non-league match against a team sponsored by an inner-city church. These youngsters, dressed in sneakers so ragged that shoestrings seemed to be the only thing holding them together, presented a sharp contrast to our boys in their spiffy blue and gold uniforms and sparkling new wrestling shoes. As the match began, I was alarmed to see that the other team was wrestling without headgear, a kind of light helmet designed to protect a wrestler’s ears.

It was a luxury the ragtag team obviously could not afford. Well, we ended up walloping them. We took every weight class. And as each of their boys got up from the mat, he swaggered around in his tatters with false bravado, a kind of street pride that couldn’t acknowledge defeat.

Mike, seated beside me, shook his head sadly, “I wish just one of them could have won,” he said. “They have a lot of potential, but losing like this could take the heart right out of them.” Mike loved kids - all kids - and he knew them, having coached little league football, baseball and lacrosse. That’s when the idea for his present came. That afternoon, I went to a local sporting goods store and bought an assortment of wrestling headgear and shoes and sent them anonymously to the inner-city church.

On Christmas Eve, I placed the envelope on the tree, the note inside telling Mike what I had done and that this was his gift from me. His smile was the brightest thing about Christmas that year and in succeeding years.

For each Christmas, I followed the tradition--one year sending a group of mentally handicapped youngsters to a hockey game, another year a check to a pair of elderly brothers whose home had burned to the ground the week before Christmas, and on and on.

The envelope became the highlight of our Christmas. It was always the last thing opened on Christmas morning and our children, ignoring their new toys, would stand with wide-eyed anticipation as their dad lifted the envelope from the tree to reveal its contents.

As the children grew, the toys gave way to more practical presents, but the envelope never lost its allure. The story doesn’t end there.

You see, we lost Mike last year due to dreaded cancer. When Christmas rolled around, I was still so wrapped in grief that I barely got the tree up. But Christmas Eve found me placing an envelope on the tree, and in the morning, it was joined by three more.

Each of our children, unbeknownst to the others, had placed an envelope on the tree for their dad. The tradition has grown and someday will expand even further with our grandchildren standing to take down the envelope.

Mike’s spirit, like the Christmas spirit will always be with us.

Nancy W. Gavin

This true story was originally published in the December 14, 1982 issue of Woman's Day magazine. It was the first place winner out of thousands of entries in the magazine's "My Most Moving Holiday Tradition" contest in which readers were asked to share their favorite holiday tradition and the story behind it. The story inspired a family from Atlanta, Georgia to start The White Envelope Project and Giving 101, a non profit organization dedicated to educating youth about the importance of giving.

Originally published on Insight Of The Day  from Bob Proctor

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